Israel celebra este martes 27 de octubre de 2026 sus elecciones legislativas, unos comicios que muchos analistas describen como los más importantes de sus 78 años de historia. La votación se produce en un contexto de profunda división social y tras tres años de guerra en la región, lo que ha convertido estos comicios en un verdadero referéndum sobre la gestión del primer ministro Benjamin Netanyahu.
Estas son las primeras elecciones que se celebran en Israel desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, que dejó unos 1.200 muertos y 251 secuestrados, y desde el posterior conflicto en Gaza, Líbano e Irán. Además, son los primeros comicios desde 1988 que se realizan tras completarse un mandato parlamentario de cuatro años, lo que añade un componente de normalidad institucional en medio de la crisis.
El primer ministro, de 77 años y el más longevo en el cargo, aspira a un séptimo mandato. Sin embargo, llega a las urnas desgastado por las consecuencias del ataque de Hamás, las divisiones internas y las acusaciones de corrupción que enfrenta ante la Justicia, incluyendo un juicio por soborno, fraude y abuso de confianza. La elección se percibe ampliamente como un voto de confianza o castigo a su figura, y también como una oportunidad para que los israelíes expresen su veredicto sobre el fracaso de seguridad del 7 de octubre.
Netanyahu rechazó asumir la responsabilidad por las fallas que permitieron el ataque y se resistió a los reclamos de una investigación independiente. Para sus adversarios, estos comicios ofrecen la oportunidad de exigir cuentas por una tragedia que quebró la confianza en los dirigentes y cambió la percepción de seguridad de los israelíes.
El sistema político israelí, de tipo parlamentario y representación proporcional, impide que el partido más votado gobierne por sí solo. Para formar gobierno se necesitan 61 de los 120 escaños de la Knesset, lo que obliga a negociar coaliciones que pueden tardar semanas.
Las encuestas anticipan que ningún bloque obtendrá una mayoría clara. Por un lado, el bloque de Netanyahu está conformado por su partido, el Likud, los ultraortodoxos Shas y Judaísmo Unido de la Torá, y las formaciones de ultraderecha de Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich. Por el otro, la oposición, encabezada por el centrista Gadi Eisenkot y su partido Yashar, se completa con los Demócratas de Yair Golan, Yisrael Beiteinu de Avigdor Lieberman y la alianza Juntos, de Naftali Bennett y Yair Lapid. Ninguno de los dos bloques llega a los 61 escaños en los sondeos.
La última medición de la cadena pública Kan otorgaba 52 bancas a la oposición y 50 al oficialismo, dejando el resto en manos de partidos no alineados, entre ellos las dos principales listas árabes. Otras encuestas, como las del Canal 12, colocaban a Yashar por delante del Likud (23 contra 21 escaños), mientras que el Canal 14, afín a Netanyahu, proyectaba 30 para el Likud y unos 20 para Eisenkot.
Los ciudadanos palestinos de Israel representan cerca del 20% de la población y su participación podría ser clave. En 2022 votó el 53,2% de este sector, pero las proyecciones para estos comicios superan el 60%. Con una concurrencia del 65%, las listas árabes podrían sumar hasta 15 bancas, lo que las convertiría en un factor determinante para cualquier coalición de gobierno, aunque ambos bloques han descartado por ahora aliarse con ellas.
Más allá de la figura de Netanyahu, la campaña ha estado marcada por debates sobre la seguridad, el Estado de derecho y el servicio militar obligatorio. La oposición, liderada por Eisenkot, exjefe del Estado Mayor cuyo hijo murió combatiendo en Gaza, promete investigar las responsabilidades del 7 de octubre y revertir las controvertidas reformas judiciales impulsadas por el gobierno de Netanyahu, que buscaban limitar el poder de la Corte Suprema. También exige que el servicio militar sea obligatorio para todos, incluidos los ultraortodoxos, un tema históricamente conflictivo en la política israelí.
El resultado de estos comicios no solo definirá quién gobernará Israel, sino también qué modelo de país prevalecerá: si una democracia liberal de estilo occidental o un Estado cada vez más definido por la ortodoxia religiosa y el nacionalismo. La sociedad israelí llega a las urnas profundamente dividida, y la formación de un nuevo gobierno podría tardar semanas o incluso meses de negociaciones.